—Pero la torre se va a caer, es monstruosa; un montón informe y la cruz ladeada, ¡qué cosa más singular!
—¡Si lo que tú dices—protestó Olalla riendo—es el nido de la cigüeña!
—¡Ah, el nido!... Un nido enorme, ¿verdad?... Un nido tremendo... ¡Qué ganas tenía de verle!... Mi padre no me había dicho que le tuvierais aquí.
—Yera de Lagobia, pero el año de la truena se les cayó la torre, y cuando los pájaros volvieron portaron el nido a Valdecruces.
—¿Ellos?... ¿Ellos solos?
—Solicos empezaron, pero la gente les dió ayuda. De primeras el nido no era tan grande, nada más lo justo para gurar la pájara; después, cada año atropan dello y ya tanto pesa que hubo de caerse.
—¿Entonces?...
—El señor cura, el tío Chosco y el tío Rosendín le apuntalaron.
—¡Ah, qué bien! Y ahora ¿hay crías?
—Todavía no está gurona la cigüeña: saca los hijuelos allá para el mes de junio... ¡Mira, mira el macho!