—Avísame; no veo nada—murmura—. ¿Hay que bajar?... ¿Hay que subir?... ¡Avísame!
—Hasta que te acostumbres. Yo atino por todos los rincones a cierra ojos... Ahora sube un pasal... otro... sigue subiendo... ¡ya se ve luz!
La rendija de una puerta proyectó en los altos escalones una raya de tenue claridad; chirrió una llave, gimieron unas bisagras y hallóse Florinda a pleno sol, deslumbrada por el torrente de resplandores esparcidos en la salita con anchura, mediante los dos amplios huecos de la solana.
—¡Qué alegre, qué alegre!—gritó la forastera con encanto—. ¿Y qué se ve por aquí?—añadió lanzándose curiosa al colgadizo.
De pronto no vió nada. La luz cruda y fuerte esfumaba el paisaje como una niebla. Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vió surgir débilmente el diseño barroso del humilde caserío, techado con haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes, exhalaban un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y oraciones.
Mariflor, admirada por la novedad de aquel espectáculo, imaginado muchas veces al través de referencias y lecturas, exclamó conmovida:
—¡Valdecruces!... ¡Parece un Nacimiento! Y la iglesia ¿dónde está?—preguntó.
—Allende. ¿Ves esta hila de casas? Pues en acabando la ringuilinera, ¿ves un chipitel con una cruz?... Eiquí.
—¿Aquéllo?—lamentó la exploradora con desilusión.
—La techumbre es de teja—ponderó Olalla—y por dentro nuestra parroquia es mejor que la de Piedralbina, es tan buena como la de Valdespino; hay un Resucitado muy precioso y la Virgen tiene la cara de marfil.