—En el falaje de la tierra se dice así.

—Pero ¡si hubiese otra cosa!—encareció la pobre ciudadana, mirando alrededor.

—Del orco de chorizos puedes cortar.

—No; algo ligero...

—Chocolate, café ni cosas finas, eso no hay.

—¿Y un poco de leche?

—De las cabras, un poquitín para Tomás y Marinela..., pero te daré parte.

—No, no; ya pronto es medio día: aguardo así.

—¿Vas a fambrear, criatura?... ¡Y anoche apenas cenaste!... Los nuestros guisotes caldudos no te prestan; tú tienes otro enseño, ¡y aquí todo es tan mísero!...

—Olalla, de rodillas, levantando entre el humo del hogar su cara bondadosa, adquirió nuevamente una expresión de cansancio y pesadumbre, que la envejeció de pronto, hasta semejarse su sonrisa a la de la abuela.