—Me gusta todo; ya lo verás—pronunció Mariflor entonces. Y probó heroicamente la sopa de patata.
Se aventuró después en las habitaciones que aún desconocía, en el corral y el huerto, mientras Olalla, trajinadora, atizaba la lumbre con raíces de urz, hundida en la sombra cenicienta y humeante.
Los tres dormitorios donde se repartían las mujeres y los niños, tampoco estaban muy aventajados de claridad: pequeños tragaluces cruzados de rejas, dábanles aspecto de prisión. Las camas, esponjosas y limpias, lucían sendos rodapiés de colores; era el piso de tabla, muy pobre el mueblaje, apretado y confuso. Una pieza que llamaban estradín, y que pudiera haber sido comedor, daba acceso al corral y a la cocina, y más luz a esta última que su ventana, pequeña y con cristales completamente ahumados, abierta sobre la silenciosa rúa en disposición contraria a todo intento de atisbo. A la misma fachada Norte correspondían la puerta principal y los tragaluces de los dormitorios. Abríanse al solano, sobre el corral y el huertecillo, la cuadra, corrida y profunda, el estradín y el gabinete de Mariflor, encima se asomaban a la luz el colgadizo, la sala y el palomar.
Así que en un periquete visitó Florinda las dependencias interiores, salió a la corralada y de allí pasó al huerto.
Era verdad que tenían brotes los dos únicos rosales, precisamente al pie de aquella ventanuca parecida a la de un camarote. Un solo arbolito, que a la muchacha le pareció un peral, señoreaba el «vergel», donde las berzas y los repollos, con las demás vulgares hortalizas caseras, bien cuidadas en simétricos cuadros, erguían el talante animoso a los rayos del sol.
A la vera de árbol, un escañuelo convidaba a sentarse, y aunque las floridas ramas no fuesen muy frondosas, allí buscó la joven un refugio a su breve soledad; el perfume delicado de la yema en flor, el verde tierno de la rizosas legumbres, las débiles ondulaciones de los rosales y, en las pálidas orillas, las flores de la retama y del escaramujo escalando la sebe, todos los distintos semblantes del huerto ruín, tuvieron para Mariflor una vida profunda en aquella hora. Sutiles emociones la turbaron; sobre la pobreza del paterno solar, la melancolía insondable del país y el oscuro misterio de las entrevistas existencias, la moza derramaba la ternura de su abundante corazón, con el firme propósito de amar y de sufrir... ¿Para merecer...? Sí, para alcanzar una dicha tan alta y tan ilustre que parecía un sueño, un imposible. Era preciso que ella, Mariflor Salvadores, la niña mimada y consentida, conocedora de holguras y de halagos, arrostrase, fuerte y audaz, las privaciones y los sacrificios, para que Dios, en premio, la nombrara triunfalmente esposa de un artista, musa de un poeta... ¿Por qué lado, por cuál camino milagroso llegaría a libertarla Don Quijote...? ¡Aún no levanta en sus hombros la cruz y ya la pobre soñadora se impacienta por la redención!
Hacia el corral se oyeron unos pasos y Florinda estremecióse alucinante. Era Olalla, que desde el postigo sonrió, diciendo:
—¡Qué esfrayadica te quedaste, rapaza!
—¿No vienes?