—Tengo que rachar unos tánganos, porque la lumbre no quiere arder.
Y con gesto prometedor, algo pomposo, añadió alegre:
—Al escurificar, de fijo recibes alguna visita.
Quedó el anuncio ondulante en el espacio como una loca patraña contada por el viento. El cual, presentándose de súbito, llegaba jadeando, con la respiración férvida y mugiente, lo mismo que una bocanada de siroco.
Se estremecieron en la falda sequiza del bancal las flores de retama y agavanzo; el hacha leñadora hendía troncos de brezos con premura al otro lado de la sebe, y algunos cendales de niebla empañaban el firmamento azul.
Mariflor pensaba confusamente en la posibilidad de que en aquellas casas que vió inclinarse bajo techumbres de cuelmo, hubiese cocinas oscuras y tristes huertecillos y mozas bellas...; quizá, también, gatos misteriosos y relojes ocultos, que de cuando en cuando hiciesen rodar en el silencio un gañido tremulante y una campanada rota...