—Cuando llegasteis, la abuela se lo dió todo al tío Cristóbal.
—¿Todo?
—Y aún no llegó para saldar los réditos.
—Mi padre—repitió la muchacha, crédula y fervorosa—mandará más en seguida.
—¡Pero, en el inter!...—lamentóse Olalla, como si de pronto, encruelecida, no quisiera dar tregua ninguna a tales ilusiones.
Sintiendo rodar sus lágrimas, cubrióse Mariflor el semblante con las manos, trémulas y gentiles.
—¿Lloras?—dice la aldeana con pesar—. No tienes sufrencia, tú que saldrás luego de estas agruras...
Y como nada responde Mariflor, añade persuasiva:
—Tendrás un marido haberoso...