—Cuéntame: ¿es verdad que «no tenemos» con qué darle pan tierno a Marinela?... ¿Es verdad que somos tan pobres como tu madre dice?... ¿Que tendremos que acudir a labrar las aradas como las más infelices criaturas?
—¿Infelices?... ¿Pan tierno?...—repitió Olalla, con sonrisa aparente y boba.
—No te rías, mujer. Dime si de veras somos tan desgraciadas.
—Gastando salud...—arguyó la campesina con ambigüedad.
—Es que Marinela no la tiene.
—Ni mi padre tampoco; y hace más de tres años que no manda dinero. El tío Cristóbal se va quedando con las hipotecas... Ya casi nada de lo que ves nos pertenece.
—¿Ni la casa?
—La casa... entadía sí. Pero sobre ella debemos no sé cuanto.
—Yo he venido engañada—murmuró con angustia Mariflor—. Yo supe que la abuela se había empobrecido, pero no que estuviese en estos apuros. Mi padre tampoco lo sabía; él no quiere que salgamos a trabajar; él nos dejó dinero...
Aferrábase la moza al paternal apoyo, rebelde contra las fieras asechanzas de la desventura. Y oyó con espanto que confesaba su prima: