—Sí; para que me cuentes muchas cosas que necesito saber.
—¿Cuálas?
—Espera.
Había una grave resolución en el ademán contenido de Florinda, que llevaba las trenzas colgando, el jubón entreabierto y una ligera palidez de insomnio en el semblante. Prestó oído a un agudo reclamo que sonaba hacia el corral:—¡Pulas!... ¡Pulas!...
—Es mi madre que llama a las gallinas para darles el cebo—dijo Olalla.
—¿No irá a misa con la abuela, ahora?
—En cuanto den el segundo toque.
Como evocado por aquel aviso, el bronce de la parroquia volvió a tañer; al propio tiempo un gallo volvió a cantar, y en el cansado reloj de la abuela gimieron cinco profundas campanadas.
Abrióse la puerta del estradín y un bulto macizo se perfiló en la claridad: era la Chosca, que, en el escaño donde dormía, entre un cobertor y una albarda, buscó su delantal y su pañuelo.
Poco después las tres mujeres tomaban el camino de la iglesia. Y en cuanto Mariflor las sintió salir, dijo a su prima, que aguardaba curiosa: