Cálida era la noche, y un amago de tempestad mugía en el aire fuerte y oloroso, hurtador de bravíos perfumes al través de la rotunda paramera, de los huertos en flor, de las «aradas» abiertas en surcos de esperanza, o fecundas en la tardía preñez de los morenos panes: en la comba del cielo aborregado, brillaba una estrella.
Antes de salir, cuando ya gemía el portón, preguntó don Miguel con alguna zozobra si había noticias de Buenos Aires.
—No las hay—dijeron a coro las mujeres.
—Cuando mi padre arribe, escribirá a menudo—añadió Florinda alentadora.
—Sí; el señor Martín ha de tranquilizarnos—dijo el cura insinuante, al otro lado del umbral—. Y la capa henchida por el viento en la sombra, envolvió al joven apóstol en una nube negra a lo largo de la rúa...
Acostumbrado ya el oído a los grandes silencios de Valdecruces, Florinda percibió en la casa unos apagados rumores, apenas, al día siguiente, se asomó la aurora al ventanillo del camarín: poco antes habían cantado, con estridente son, un gallo y una campana.
Vistióse la moza con mucha diligencia y se arriesgó audaz en la penumbra del pasillo. Al verla entrar en la cocina, le preguntó Olalla, atónita:
—¿Por qué madrugas tanto?
—No he podido dormir, y quería hablarte pronto.
—¿Hablarme?