Era cierto; la pobre zagala, menuda y gentil, parecía doblarse al peso de pertinaz quebranto, y la palidez de sus mejillas daba la conmovedora impresión de esas rosas tenues que esperan el viento de la noche para deshojarse. El color claro de los ojos celtas era casi verde en los de esta niña, y ofrecía matices profundos, como aguas de mudable coloración que reflejan los tonos distintos y movibles del follaje. Perfecto el óvalo de la cara, prestaba una dulzura angelical a todas las facciones de Marinela, no muy finas pero armoniosas y subrayadas por la singular expresión de la sonrisa, rictus amargo y dulce al mismo tiempo, sorprendente en aquella boca infantil, llena de candor. El traje de maragata, adulterado y tosco, parecía oprimir con fatiga el débil cuerpecillo y derrengar las caderas con los pliegues abrumadores; bajo el pañuelo ceñido a la frente se desfallecía, igual que mies en sazón, una cabellera pesada y rubia como el oro: toda aquella incipiente doncellez tenía un flébil aroma de fracaso, una tristeza inexorable a los estímulos de la juventud.

—Yo bien quisiera darle pan dondio y otros aliños—decía Ramona, áspera y conmovida la voz—; yo bien quisiera dejarle hacer su gusto; pero en casa, dentro de la pobreza, tendría más descanso y más cuido; el puchero estovado, la solombra gustable... Mire: sémblase ya a la otra rapaza que adoleció de una manquera, triste y sin remedio, a los mismos quince años.

Y adelantándose la mujer, alzó con la mano la barbilla de la joven.

Deseando el cura remediar el oscuro desconsuelo de la madre, dijo con sutil agasajo:

—A quien se parece es a su prima Mariflor.

—Esa está acrianzada de otra manera—respondió Ramona con cierta acritud.

Don Miguel, levantándose para despedirse, hizo prometer a las dos niñas que al día siguiente, domingo, después de misa mayor, irían a verle: necesitaba hablar mucho con Marinela, y un poquito, también, con Florinda.

Rebullóse la abuela y masculló unas frases devotas: hablaba al sacerdote con mucho respeto, como si no le hubiera conocido estudiante rapaz.

Acudió Olalla, requerida por su madre, y todas juntas escoltaron al huésped hasta la puerta de la corralada, la más próxima a la vivienda del párroco.