Ya los nenes habían terminado su canción y dicho «buenas noches» en voz queda, como un soplo: besaron los tres la mano del cura y se fueron a dormir escoltados por Olalla.
Mecíase la abuela al compás de un leve ronquido, acurrucada en su escañuelo, con los brazos cruzados y la frente caída hacia adelante. Ramona había cabeceado con disimulo al son del himno devoto.
El párroco, fijos los ojos en Marinela, preguntó:
—¿Qué me cuentas tú?
—Nada, señor—apresuróse a responder la niña—. Pero la madre, espabilada y pronta, se lanzó a decir:
—Regáñela, don Miguel; vea cómo enmagrece, amarrida y tribulante como si la hubieran maleficiado.
—¡Si estoy buena!—balbució muy confusa la zagala.
—Diga que miente—siguió diciendo Ramona, puesta en pie, agria y rústica, manoteando junto a la mozuela, que temerosa se empequeñecía en su rincón—. Diga que le va a costar muy cara la libredumbre en que vive; ya con los quince años cumplidos no la podemos sacar de la escuela sin que llore, ni sabe hacer más que embelecos de flores y puntillas: ha de casarse sin ánimos para gobernar los atropos de una casa, cuanti más para salir al campo...
—No será menester—interrumpió el cura blandamente.
—Píntame que sí—repuso la madre—. Y luego, menos iracunda y más triste, añadió:—Esas caminatas a Piedralbina le hacen mal, señor; la comida trojada le da secaño, y por la tarde llega con trueques y sudores como si fuera a morirse. Mírela cómo desmerece: poco le halta a Carmica para abondar tanto como ella.