Mientras el párroco aseguraba, conciliador, que Tomasín y Carmen eran unos coristas sobresalientes y que en el mes de junio entonarían en la iglesia el himno con los demás colegiales, inclinóse Olalla sobre su hermano hasta quedar casi de rodillas en el suelo; le atrajo, le secó las lágrimas y otras humedades afines, y le hizo a «escucho» una promesa.

—¿También a mí?—murmuró Carmen callandito.

—A los dos—aseguró la hermana, rodeando el talle de la niña con el otro brazo.

Y Mariflor, al ver un instante ambas cabecitas inocentes refugiadas con regalo en el seno de la moza, recordó al punto aquella dulce caricia en que el pichón recién nacido perdiera un copo de pluma...

—Van a cantar—anunció Olalla, levantándose alegre. Y ella misma colocó a los niños cara a la pared sin que nadie más que la forastera se asombrase de la extraña actitud. Así cantaron, mirando al suelo, de espaldas al auditorio: las voces tiernas, impregnadas de rubor y de humildad, tenían un entrañable sentimiento alabando al divino Corazón de Jesús; al truncarse en los acentos infantiles, el himno, más que lauro, semejaba una tímida querella.

Volvióse el cura hacia Mariflor para explicarle:

—Aquí los niños son tan vergonzosos, que siempre cantan o recitan sin que se les vea la cara.

Muda de asombro y de emoción asintió la joven con una sonrisa. Y en los ojos claros de don Miguel quedó temblando como en un espejo la imagen de aquella femenina sensibilidad, insólita en el estradín de la tía Dolores.

Sin embargo, allí cerca se bañaba en ansiedades el corazón de otra niña, mas en tan sagrativo silencio, que ni el mirar ni el sonreir delataban en el rostro de Marinela emociones ocultas. Y fué verdaderamente sugestiva la prontitud con que el sacerdote se volvió hacia la zagala buscando en las ondas latentes del sentimiento el rastro febril de aquel espíritu.