Ella, por su parte, aprendía cómo aquel tío suyo, que adoleció del pecho en Villanoble, estudiaba en el Seminario con don Miguel, y siendo ambos nacidos de la misma tierra castellana, la juvenil amistad que establecieron duró firme entre la familia del estudiante difunto y el que, con el tiempo, se vino a convertir en párroco de Valdecruces. Y pensó la niña entonces, con acelerada emoción, que aquel cura sonriente y afable conocería, de seguro, los azules ojos, tristes y lejanos, que la hacían soñar...

Entró Olalla con paso macizo, volviendo atrás la cabeza para decir:

—¡Vamos! Dad las buenas noches.

Los rapaces se acobardaban zagueros, arrastrando los pies.

Pedro, el mayor, venía delante, con la cabeza gacha y el rostro encendido; era un zagalote de trece años, robusto y humilde, sin sombra alguna de malicia en los garzos ojos; tenía las facciones vulgares, sollamada la piel y el cabello rubio; una expresión de bondad ennoblecía su cara al sonreir.

Los dos pequeños llevaban también la frente sumisa, y ambos la mano derecha entre la boca y las narices. Les sacudió su madre un cachete a cada uno en los dedos pellizcadores, obligándoles a levantar la cabeza. Y mostraron, con abrumadora timidez, las pupilas cambiantes entre el gris pálido y el azul desvaído; las líneas del rostro, ordinarias como las de Pedro; la cabellera dorada y fosca; el color saludable y atezado, y una graciosa candidez en la cobarde sonrisa.

Vestían los tres con pobreza, sin nota alguna regional los varones. La niña llevaba un refajo rojo hasta el tobillo, como las mujeres del país lo usan también para las faenas campesinas, un jubón pardo y un delantal de cretona; a la espalda le caía un pañuelo, sin duda destinado a cubrir la cabeza.

—Ya sé, ya sé—les dijo el señor cura acariciándoles—que cantáis el himno del Sagrado Corazón muy lindamente.

Volvieron a ocultarse las caritas de Carmen y Tomás, y las manos hurgoneras volvieron hacia el frecuentado camino de las narices. Se repitieron los mojicones de Ramona, empeñada en conseguir que los niños hablasen a don Miguel mirándole de frente, «como Dios manda». Pero Carmen no dijo «esta boca es mía», y el nene rompió a llorar.

—¡Mostrenco! ¿No te da un rayo de vergüenza?—decía la madre zarandeándole brusca—. ¿Es propio de la hombredad llorar así?