Había quedado la témpora de Sur; el ábrego caliente zumbaba en la llanura y plegaba sus ropajes sonoros contra los hormazos de las «cortinas» y los adobes del caserío: desde el pajonal de las techumbres, el bálago, dócil, tendía en los aleros su despeinada cabellera rubia.
En el estradín, la tía Dolores y Ramona recibían cortésmente al párroco de Valdecruces, mientras Olalla en la cocina daba de cenar a los niños. La comunicación con el corral estaba abierta como en el estío, y el quinqué de petróleo, encendido en honor del señor cura, ardía resguardándose del viento, cuyas ráfagas ondulantes henchían en pompa el arambel de la puerta, resto sin duda de más prósperas jornadas.
En rústico sillón, ni cómodo ni firme, se aposentaba junto a la camilla don Miguel Fidalgo. Era un sacerdote mozo y arrogante: recién terminada su carrera había recibido la parroquia de Valdecruces, hasta que un concurso le permitiese ganar en oposición otra más lucratitiva y bien dispuesta para lucir sus dotes, las cuales eran muchas y raras.
Cursó este joven sus estudios en aquel seminario famoso donde se alcanza autoridad preponderante en las sagradas letras: fué seminarista en Villanoble, cuyas aulas, al decir de obispos y teólogos, suplen a las célebres escuelas de Roma.
Tenía don Miguel los ojos pardos, de color de canela, grandes y bondadosos. No era de esos curas tímidos que miran a las mujeres de soslayo, con una cortedad invencible, muchas veces por los hombres malignos interpretada como hipocresía; él miraba a mozas y a viejas en los ojos, con los suyos serenos y muy dulces; hablábales con cariño, mezclado de triste y profunda compasión, y lo mismo su frase alentadora que su mirada penetrante, gozaban el privilegio de remansar, como dentro de un lago, las aguas pacíficas de la mansedumbre, en la llanura abierta y desolada de aquellos corazones femeninos. Al igual de los ojos, todas las líneas del rostro y continente denotaban, con el apellido, la hidalguía de don Miguel.
Al entrar Mariflor en el estradín la miró el sacerdote muy despacio, y sus claras pupilas se detuvieron mucho en la inquietud que revelaron las de la moza, ya extasiadas en sutiles arrobos, ya impacientes en vagas incertidumbres, mudas o locas, siempre febriles y palpitantes. Los ojos de aquella mujer le dejaron al cura algo perplejo.
Rodó ceñida y afectuosa la conversación, durante la cual hizo el párroco a la forastera no pocas preguntas, para sacar en limpio que a la niña le gustaba Valdecruces, «aunque todo le parecía allí un poco triste»; que esperaba buenas noticias de su padre, y que admitía con carácter de provisional y poco duradera su estancia en el pueblo.
Esto último no lo dijo Florinda claramente, ni tal vez lo pensaba de un modo definitivo y razonado; era una esperanza que su ingenuo palique dejaba traslucir en la prolongación suave de los silencios, al separar las palabras con hilos invisibles de ilusiones, en la rara dulzura de las frases tendidas con secreto placer hacia lontananzas alegres, y, sobre todo, en la audaz palpitación de las pupilas, centelleantes o adormiladas, pero reveladoras de un tumulto de visiones, como esas aguas oscuras y fuyentes de los ríos norteños, donde nubes, luna y estrellas, galopan con arrebato en las noches apacibles.
Atento el sacerdote a estas recónditas particularidades, no parecía desconocer en absoluto en qué bancos y quebraduras del corazón humano suelen embravecerse o desmayar las silenciosas aguas del sentimiento, antes de asomarse a los ojos, imaginarias y calenturientas; si no acertó que Florinda guardaba en el jubón un mensaje amoroso, no anduvo lejos de sospecharlo.