Y una voz en los aires repetía:
—Soy el amor que pasa,
el niño amor que encontrarás un día
tras de las tempestades de tu alma...
Sobre la última frase feneció la luz con tales agonías, que Mariflor leyó el nombre del poeta sólo con el pensamiento, cerrando lentamente los ojos atormentados en la lectura por la escasez de claridad. Bajo las pestañas espesas tornáronse entonces visionarias las pupilas, y persiguieron en remoto confín la figura de un niño ledo y rubio, con alas y linjavera como el dios amor. ¿Era Rogelio Terán? ¿Era una cándida imagen de la fantasía, un recuerdo traído a la tierra misteriosamente desde otro mundo, desde otra existencia olvidada y oscura? ¿Tornaría alguna vez el viajero para llevar consigo a Mariflor?
Clara luz de estas firmes ilusiones era la visión continua de unos ojos azules, pensativos y ardientes... Tenía Florinda la certeza de haberlos contemplado desde el fondo de su alma, no una vez sola, sino muchas, al través de toda su vida, quizá en la cara apacible de un niño rubio, en el semblante audaz del mozo marino que tantos días la miró en el muelle coruñés, en el rostro varonil del viajero artista que la dijo tristezas y amores con fina voluntad una mañana...; ¿dónde, dónde había visto muchas veces aquellos ojos claros y profundos?
—¿Estás aquí?—preguntaba Marinela entrando pasito.
Escondió Florinda el billete en el jubón y tendió a su prima la mano respondiendo negligente:
—Aquí estaba...
—¡Qué tenebregura! No te veo.
Entonces Mariflor se hizo buscar, agazapada y juguetona, hasta que la chiquilla, zarandeándola suavemente, murmuró contenta:
—No me espasmas, no—. Y su voz infantil adquirió grave acento para anunciar:—Ahí está don Miguel, que viene a visitarte.