Tal vez un día en la niñez dichosa
me miraste, al pasar, como una hermana...
¿No eras tú aquella niña primorosa,
morenita y gitana,
que me besó en la frente, y en mis cabellos rubios
puso sus manos blancas?
¿No te acuerdas?... Riendo me dijiste
al darme el beso aquel: ¿Cómo te llamas?
Y al escuchar la blanda melodía
de tu pregunta, me nacieron alas,
sentíme ciego de emoción, y el cuento
de mi junquillo se tornó en aljaba.