—¿Y te escribe?

—Prometió que «nos» iba a escribir.

—¿Le conocías?

—Le conocí entonces...

Quedóse Ramona seria, un poco ceñuda. Era una mujer áspera, fuerte y triste; contaba apenas cuarenta años, y si alguna vez gastó hermosura no conservaba de ella el menor vestigio; tenía los senos derribados y marchitas las facciones: seca y dura de miembros, alta y silenciosa, inspiraba a Florinda un invencible temor.

Sin saber qué actitud adoptar, con la carta entre las manos, fué la moza alejándose poco a poco por el pasillo. Ya en su aposento, de pie sobre una silla para recibir la muriente claridad de la empinada ventanuca, leyó la esquela, que empezaba en prosa con mucha galanía, y terminaba en verso, enamorado y sutil. Decía de esta suerte:

«Mariflor preciosa: ¿Se acuerda usted de nuestra dulce amistad? ¿Se acuerda usted de nuestra triste despedida? Una semana ha transcurrido desde entonces y aún se me resiste la certidumbre de aquel encuentro dichoso, de aquella brusca separación. ¿Fué realidad o fantasía? De ambas cosas se vale el amor para rendirnos: los grandes amores son el hallazgo en la realidad de las venturas imaginadas.

»Dormida la conocí, Mariflor, y aún me parece, cuando cierro los ojos, que la veo dormir, que «la siento» soñar. Usted y el sol amanecieron a un tiempo en la divina mañana de nuestro viaje; pero aunque fué tan hermoso el despertar del día, vi que era usted mucho más bella que la aurora. Bendito el sueño aquél y bendita la jornada que me hicieron gozar de una alborada tan espléndida. ¡Qué símbolo más noble! La vida es viaje y sueño: el amor despertar, amanecer...

»Y volver a vivir lo ya soñado y prometido. Quizás en vez de un hallazgo sólo sea un reconocimiento. La imagen de usted se me reproduce en la memoria como trasunto de otra imagen: la de una niña que en la playa de Vigo conocí hace años y a quien por rara sugestión no he podido olvidar. Escríbame usted diciendo si se acuerda de haberme visto antes de ahora; si presiente que nos volveremos a ver pronto. Yo la escribiré mucho, si usted me lo permite; la mandaré muchos versos; iré algún día a Valdecruces...

»No es nueva, no, nuestra amistad: el nombre de usted, su voz y su semblante despiertan en mi alma el recuerdo de otra dulce entrevista, las sensaciones imborrables de otro feliz encuentro...