—No le quiero.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes... Olalla, escúchame: a mí me gusta un poeta...

Los ojos azules se dilatan en asombro inaudito, mientras Mariflor seca su llanto y refiere, con viva luz en las pupilas:

—Es un caballero que vino con nosotras en el tren.

—¿Le conocías?—pregunta Olalla lo mismo que Ramona había preguntado.

—Le conocí entonces... He recibido ayer una carta suya; ¿te lo dijo tu madre?

—Ni palabra.

—Pues me la dieron delante de ella, y parece que se disgustó conmigo; acaso debí enseñársela... No me atrevo; tu madre no me quiere mucho.

—Sí, mujer, te quiere; es ella de ese modo: ha perdido el humor con la muerte de sus hijos y la ruina de la hacienda.