—¿Y debemos mucho al tío Cristóbal?—averigua Mariflor, otra vez afligida.

—Dímosle en caución la casa por el último préstamo, y aún no le hemos pagado todos los haberes... A la abuela le queda, suyo, cuatro hanegadas, dos parejas, la cortina y el huerto.

—¡Qué poco, Dios mío!

—¡Si de «allá» mandasen!...

—Sí; mandarán—aseguró Florinda con fe—. Pero, una cosa se me ocurre: ¿por qué no acudisteis a Antonio antes que al tío Cristóbal?

—Porque no vive el tío Bernardo, y la viuda ya sabes que es avarienta y no nos tiene ley: quiere casar a su hijo con otra, contando que tú tienes caudal; conque, ¡si se entera de que estamos todos pobres!... Luego que os caséis, ya es diferente...

—¡Si yo no me caso con Antonio!—repitió Florinda, ceñuda, bajo la vibración de su briosa voluntad.

—¿Hablas de veras?... ¿Vas a coyundarte con un forastero?

—Con uno que me guste.

—Será hacendado—repuso Olalla con aplomo.