—No lo sé, ni me importa. Tiene un mirar que penetra en el corazón, y sabe escribir libros.

—¿En romance?

—De todas las maneras.

—Eso parece cosa de trufaldines—murmura la campesina con desdén.

—No te entiendo.

—De figurones, los que hacen las farsas por «ahí»—, y el despectivo ademán de la moza se extiende amplio, como si pretendiese abarcar el mundo que se explaya fuera de Maragatería.

—¡Qué sabes tú!—arguye Mariflor, también desdeñosa—. Mas, de repente, reprime su orgullo y gime desalada:—¡Ayúdame, por Dios!

La prima no se conmueve; absorta, alza los hombros, como si no entendiera aquel lenguaje vehemente y dulce.

—¡Olalla, no me abandones!—suplica Mariflor con las manos juntas.