—¿Pero qué, rapaza?
—No te enfades conmigo tú también; no hables nunca de que me case con Antonio.
—En ese entonces, nos abandonas tú...
—¿Cómo?
—Sí; con la boda—dice Olalla, elocuente de pronto, lógica y persuasiva—, la situación de la abuela podía mejorar, salvarse, y la nuestra lo mismo; saldríamos todos de este sofridero.
—Mi padre nos salvará—interrumpe Florinda.
—A eso fué el mío, y... ¡ya ves!—protesta la aldeana—estamos cada día peor. Y con este malcaso tuyo... ¡tendrá que venir la santiguadora a desbrujarnos! El primo—añade, viendo a la rebelde aturdida—había de tenerte como a una visorreina... Manejarías a rodo los caudales...
—¿Tiene tanto?—pregunta Mariflor maquinalmente.
—Un multiplicio de capital que pasma.
—Pues si es rico y es bueno, a pesar de su madre, nos querrá favorecer... aunque yo me case con otro. Se lo pediré yo; se lo pediré de rodillas.