La maragata rubia mueve la cabeza con incredulidad.
—Es un mozo correcto y caballeril—afirma—; pero, si rompes la boda, nos dejas a la rasa.
—¡Cásate tú con él!—prorrumpe Mariflor.
—Con mis padres no pactaron los suyos; a mí no me quiere—dice Olalla, con la voz empañecida y el semblante arrebolado.
Y en el silencio penoso que se establece entre las dos mozas, una campanada hace vibrar su metálico temblor.
—¡Las cinco y media!—balbuce Olalla, casi con espanto—. Tengo que hacer la lumbre y los almuerzos.
—Váse hacia el llar con impulso repentino, pero Mariflor la detiene, la abraza por la cintura, y, mirándola en los ojos con afán indecible, implora otra vez:
—No me abandones; tú me puedes ayudar mucho.
—¡Ten compasión de mí!