—Y tú—repite la campesina—, ¿la tendrás de nosotros?

—Sí; te lo juro: trabajaré contigo, haré lo que me mandes, seré fuerte y resignada.

—Pero... ¿la boda?...

—¿Con el primo?... No, no... Yo buscaré por otro lado la salvación de la hacienda, si de mí depende que la perdáis: quiero haceros mucho bien; y tú, en cambio, serás la protectora de los amores míos... ¿Lo serás?

Con tanta dulzura se posan las meladas pupilas en los ojos azules, con tales inflexiones de cariño y vehemencia dice la voz suplicante, que Olalla, incrédula todavía, transige un poco:

—¡Si por otro camino no pudieras valer!

—Sí, sí... haré un milagro.

—¡Qué aquerenciada estás, criatura!—exclama la campesina, sonriendo al fin.

—¡Ya te pusiste contenta!... ¡Cuánto te quiero! Ya eres otra vez mi amiga, mi hermana... ¡qué alegre estoy, a pesar de todo!

Y Mariflor, con los ojos llenos de llanto y la boca llena de risa, añade en íntimo «escucho»: