Un beso por sorpresa,
es una tontería del que besa.
Pero estos estímulos saludables de la prudencia y la honestidad no penetran mucho en el ánimo del viajero, absorto en otras imprevistas revelaciones.
La bella durmiente, al sacudir con disgusto su arrogante cabeza en la almohada, ha dejado rodar sobre el cuello, libre y redondo, una roja sarta de corales.
Y la tercera inclinación de Rogelio Terán hacia el encanto de aquella mujer, es lúgubre y angustiosa: el hilo encarnado se aparece de pronto en la dulzura morena de la piel como borde sangriento de una herida; el semblante, al cambiar de postura, resalta más pálido, en escorzo bajo la macilenta luz, con la aureola de cabellos brunos en rebelde y hermosísimo desorden. Ha cambiado así tan de súbito el aspecto de la viajera, que el asombrado mozo apenas la reconoce: tiene ahora una belleza trágica, el desolado rostro de una víctima; parece que la circuyen sombras de fatal predestinación.
De nuevo, muy de cerca, mas con respeto y solicitud, los zarcos ojos miopes atisban el femenino perfil y sólo entonces aquella respiración suave, aquella sonrisa difusa, devuelven al caballero la tranquilidad.
A este punto una nota blanca ha roto las sombras en el ángulo donde la viajera apoya los pies, y el artista, triunfante en el abierto campo de sus exploraciones, distingue una media inmaculada, ceñida a un alto empeine en el escote del zapato de oreja, bordado y elegante, nuevos motivos de asombro y cavilación: aquel collar, aquel zapato, ¿pertenecen a una bailarina que viaja en traje de luces, o a una señora vestida de aldeana por capricho y con lujo?
La primera suposición parece más verosímil: quizá bajo la estameña oscura del abrigo, un relámpago de falsa pedrería serpea entre livianos tules en torno a la farandulera errante. De todas suertes, aquella mujer no es, de seguro, una campesina auténtica viajando con el vestido regional de Galicia. Cierto perfume señoril que de la ropa trasciende, la finura del semblante, el pie lindo y curvado, la garganta mórbida y dócil, sugieren la idea de una más noble calidad.
Feliz el caballero con esta certidumbre, se decide a proteger, solícito, el confiado reposo de la dama. Y mirándola, en tan profundo sosiego, recuerda haber leído, no sabe dónde, que sólo en la pujante mocedad se duerme así, con absoluto abandono, con dulzura y pesadez, y que a este primer descanso antes de las doce de la noche, por lo mucho que repara y embellece, lo designó cierta famosa actriz con la frase de el sueño de la hermosura.