Despiertas con esta membranza las más sutiles curiosidades del artista, muerden la sombra queriendo descubrir cómo la gracia de aquel beleño reparador presta a los músculos sedante laxitud, y, con una pincelada invisible, extiende sobre el reposo de las facciones toda la infinita serenidad de la belleza.
—¡El sueño de la hermosura!—corrobora el viajero, sumido en la poética sugestión de la frase cuando, de pronto, sobrevienen el taque brusco de una portezuela, el uniforme del revisor y unas palabras requeridoras, con barruntos de cortesía:
—Buenas noches... ¿los billetes?...
Rogelio busca el suyo sin apartar los ojos del frontero sofá, y mira atónito cómo la manta encubridora, estremecida por un tardo movimiento, se yergue, resbala y descubre un peregrino traje de mujer, bajo cuyo jubón de seda negra se solivia un gallardo busto, mientras una voz insegura, blanca y musical, prorrumpe:
—¡Abuela, los billetes!...
Y el brazo primoroso de la joven se tiende hacia la dama oculta en el rincón, la mueve, la despierta con mimo y la ayuda a desembarazarse de ropas y envoltorios.
Surgen de ellos una cara senil y una mano rugosa; taladra el revisor los cartoncillos, y se despide con otro portazo.
Los tres viajeros se miran de hito en hito, con vago asombro de las dos señoras e interés creciente por parte de Terán, que se lanza a la cumbre de las más arduas imaginaciones ante aquellas dos mujeres tan distintas, ataviadas de igual manera exótica, unidas por cercano parentesco, tal vez precipitadas por la suerte en idéntico destino... Y, sin embargo, representan dos castas, dos épocas, dos civilizaciones. En un momento, la perspicaz observación del novelista sorprende, separa y define: la abuela es una tosca mujer del campo, una esclava del terruño; tiene el ademán sumiso y torpe, la expresión estólida, y en la tostada piel surcos y huellas de trabajo y dolor; diríase que la traen cautiva, que unos grillos feudales la oprimen y torturan, que viene del pasado, de la edad de las ciegas servidumbres, en tanto que la moza, linda y elegante, acusa independencia y señorío: todo su porte bizarro lleva el distintivo moderno de la gracia a la cultura. En esta niña el traje campesino parece un disfraz caprichoso, mientras en la anciana tiene un aire de rudeza y humildad, como librea de esclavitud.
Al discernir de una sola ojeada estas dos existencias, la percepción delicada y pronta del artista advierte que aquellos ojos, súbitamente abiertos ante él, le están mirando sin verle. Porque la vieja parece azorada, distraída en el confín de un pensamiento remoto, del cual extrae alguna razón muy turbia y difícil; mientras que en las pupilas de la joven no ha despertado el alma todavía. Y una rara inquietud acosa al mozo, aguardando que torne aquel espíritu ausente; que luzca y se agite; que diga su linaje; que descubra algún florido secreto del mundo interior donde se nutre y sueña. Crece tanto el ansia con que Rogelio invoca a la dormida esencia de aquel sér, que al fin acude y se despierta y mira desde los ojos flavos de la dama, sin comprender las razones de tan extraña sugestión.
—Duerme, duerme otro rato—murmura la vieja, viendo a la muchacha revolverse perezosa con los dedos entre los desmandados bucles.