—Sí; tengo mucho sueño... tengo frío...

—Te arroparé con la frisa.

Y la abuela, con gran solicitud, mueve las manos rudas para abrigar a la joven, otra vez acostada en el sofá.

Cruza la niña sus pestañas dobles, suspira y se aquieta, alzando el vuelo de la manta a la altura del rostro, como para recatarlo a las voraces miradas del viajero: el alma dormida no llegó a despertarse con toda lucidez en las pupilas soñolientas; si se asomó un momento, requerida por el audaz reclamo de otro espíritu, cayó otra vez desde la linde misteriosa en la región del sueño, en el profundo sueño de la hermosura.

Así crece la noche, majestuosa y sombría. Rogelio Terán, acosado por un enjambre de pensamientos, atisba el paisaje tras los vidrios empañecidos por la escarcha: huyen los árboles y los montes, los abismos y las cumbres, como un galope de tinieblas en los flancos de la vía; tiemblan con agudo fulgor las estrellas lejanas en un cielo inclemente, crudo y glacial.

Evoca el viajero las veces que se ha sentido, como en este instante, impresionado por la belleza de una mujer. Y revolviendo las memorias de su vida, halla en el fondo de cada galante recuerdo una lástima tierna y aguda, una ardiente conmiseración hacia todas las bellas por él adoradas un minuto, unas horas quizá, desde una ventanilla transitoria, en la blandura de un carruaje, en la cubierta de un buque, al compás de una danza, a los acordes místicos de un órgano... ¡En tantas ocasiones era posible amar a una mujer!

Las amó a todas con alma de poeta y persiguió en cada una la sombra de un misterio, el halo de un sacrificio, la huella de una pesadumbre. Hijo de una desventurada, a quien vió llorar mucho y morir sonriendo en plena juventud, padecía la obsesión de los dolores femeninos, como si en su sangre latiera siempre el temblor de aquellas lágrimas queridas. Muy sensible por esto, muy humano, ardía en amores vertidos con suavidad infinita sobre las criaturas y las cosas bellas y humildes; creyendo vislumbrar un arcano de tristeza detrás de cada hermosura de mujer, sentíase atacado de melancolía al encuentro de una hermosa.

Jugaba al amor con timidez, en aventuras fugaces, buscando y huyendo con sagrados terrores la grande y definitiva pasión de la juventud, la raíz de la vida, recia y profunda, enhestada desde la tierra al cielo como una llama, como un grito, como una corona. Quería vivir a flor de pasiones, amándolo todo con el ímpetu de muchas piedades, cifradas en el recuerdo de aquella sonrisa maternal que maduró con el reposo codiciado de la muerte, pero sin esclavizarse a los latidos de un solo corazón, porque amar al mundo entero era ya un triunfo hermoso del sentimiento y de la bondad, y lanzarse al abismo del amor único, al paso de una mujer, era enroscar el alma a la tremenda raiz, que lo mismo puede erguirse al cielo como una corona victoriosa, que como un grito lacerante, como una llama fatal.

Y este pavor augusto a la orilla de las grandes pasiones no carecía de egoísmo y de pereza. Como un dilettante del amor, pretendía Terán embellecer su existencia con rasgos de Quijote, al estilo moderno, sin lastimarse las manos señoriles, sin descomponer la gallarda postura ni encadenar el voluble corazón. Hidalguía y curiosidad, émulas en el carácter veleidoso de este hombre, se disputaban la victoria de los sentidos bajo la guarda prudente de una equilibrada naturaleza y al través de un temperamento de artista y de epicúreo. En tan complejo bagaje sentimental no había una sola nota de bellaquería ejercitada ni de daño propio; pero sí muchos versos ungidos de ternura al margen de cada amor: de donde se infiere que el poeta andariego era más hidalgo que curioso, más compasivo que sensual y más artista que mundano, aunque tuviera mucha sed de novedades, sensaciones y aventuras...

Mientras avanza el ferrocarril al través de la noche, en pleno interlunio, Rogelio Terán agita en la memoria el poso romántico de sus añoranzas, y vuelve con frecuencia los ojos hacia la mocita dormilona, que, inmóvil, trasunta la estatuaria rigidez de un velado cadáver.