Supone el viajero que no ha dejado de contemplar aquel perfil inerte, cuando se despierta y mira el reloj. Son las tres de la mañana y el tren se ha detenido ante un letrero que dice: «San Clodio». Aquí el artista se incorpora, sacude el cansancio un minuto, y en pie detrás de la portezuela, saluda con reverente pensamiento al peregrino autor de las Sonatas, al poeta de Flor de santidad, cuya musa galante y campesina trovó en estas silvestres espesuras páginas deleitosas.

Y cuando el tren arranca, jadeante y sonoro, Terán, invadido de sueño, da una vuelta en los almohadones con el fastidio de hallarse mal a gusto: guarda los lentes, se encasqueta la gorra, y refugiado en un rincón procura olvidar a su vecina para dormirse, en tanto que la vieja ha vuelto a desaparecer bajo la nube de sus tocas.


II
MARIFLOR

YA la sombra se repliega a los rincones del recinto, y se levanta sobre el paisaje la peregrina claridad del amanecer, cuando Rogelio siente una aguda atracción que le estimula y aturde, entre despierto y dormido, llamándole con fuerza a la realidad desde el confín ignoto de los sueños. Se endereza al punto, corrige su descuidada actitud, y clava la ondulante memoria en el sofá de enfrente, murmurando con vivo azoramiento: