—Buenos días.

Responde la dama al saludo matinal, y luego, pensativa, se pregunta dónde ha oído una voz como aquélla; cuándo viajó, como ahora, con un mozo rubio, de ojos azules, fino y elegante, que la miraba mucho:—Nunca—se dice interiormente—; ¡lo he soñado!...

Al recordar que se despertó un momento antes, enfrente de aquel hombre dormido, vacila entre la idea remota de haberle visto llegar o de haber soñado que llegaba. Una rara inquietud la sobrecoge: toda la púrpura de la sangre se agolpa bajo la tersa piel de sus mejillas; vuelve los fugitivos ojos hacia la abuela, que aún duerme, y después, para disimular la turbación, trata de bajar uno de los cristales del coche.

Le ayuda Terán, inmediatamente, pesaroso de haberse abandonado en postura tal vez ridícula delante de la hermosa. Ella finge mucho interés por el indeciso horizonte que clarea en la curva lejana de las nubes con soñolienta luz. Y él, entretanto, examina afanoso aquel traje, peculiar de un país que no conoce, aquella figura juvenil donde reposa la belleza como en ánfora insigne.

Lleva la niña el clásico manteo, usual en varias regiones españolas: falda de negro paño con orla recamada, abierta por detrás sobre un refajo rojo, y encima del jubón un dengue oscuro guarnecido de terciopelo; delantal de raso con adornos sutiles, gayas flores, aves, aplicaciones pintorescas y dos cintas bordadas de letreros con borlas en las puntas; y al busto, bajo la sarta de corales, un gualdo pañuelo de seda, ornado también de primorosos dibujos.

Sobre aquel extraordinario golpe de telas joyantes y placenteros matices, se alzaron para delicia de Terán dos manos lindas, azoradas como palomas: querían componer unos rizos, mudar unos alfileres, hurtar la sién a la intrusión huraña de los cabellos sublevados en los azares de la noche; mas no lograron ninguno de estos propósitos, y estremecidas de frío, trataron de cerrar otra vez la vidriera. Interviene de nuevo Terán con galante premura, y después de algunas frases de agrado y cortesía, los dos mozos se quedan frente a frente, sentados y amigos, sonriendo con la franca expresión propia de su vecindad y su juventud; ella, más propicia a responder que a preguntar, dice que marcha a Astorga con la abuela para vivir en el campo hasta que regrese su padre, el cual viaja con rumbo a la Argentina.

¿Que si es maragata? Sí: nació allá abajo, en Valdecruces, silencioso rincón de Maragatería, pero no conoce el país; muy pequeña, la llevaron a La Coruña y nunca volvió al pueblo natal, porque a su madre le gustaba poco. Su madre era costanera, de una playa de Galicia, Bayona, el vergel más hermoso del mundo... Y la viajera dilata la expresión infantil de sus ojos garzos, con las plácidas señales de un recuerdo que huye...

—Desde que mi madre murió—murmura—tampoco he vuelto allá. Todo me ha sido adverso desde entonces—añade—: con ella se me fué la alegría, la fortuna y hasta el mar y la tierra que yo quiero; hasta el traje y el nombre que yo tuve...

—¡Cómo!... ¿De verdad?—inquiere el poeta, subyugado por la voz herida que suena a cristal roto y que se apaga en el estrépito del tren.

—De verdad: mi padre perdió sus intereses en menos de un año, después de vivir muchos con holgura, y se embarca pobre, soñando ganar dinero para mí, enviándome lejos de mi costa, de mis campiñas, de mis placeres...