—¿Y de un amor?—pregunta osado el mozo.

—De todos los amores—dice ella con negligente sonrisa—. Luego contesta, amable, a muchas cosas que su interlocutor quiere averiguar:

Sí; ha cambiado de nombre. Se llamaba Florinda, pero la abuela dice que en tierra de maragatos los nombres «finos» no se usan; que allí suelen llamar a las mujeres «Marijuana», «Maripepa», «Marirrosa», y que deben nombrarla Mariflor.

—¡Delicioso!—interrumpe Terán.

Lleva Florinda sus arreos de maragata, porque el traje de la región es allí sagrado como un rito, pero no sufrirá la vida de los labradores en toda su rudeza: ¡le han dicho que es tan triste! El animoso emigrante ha podido librarla de aquel atroz cautiverio hasta que logre llevársela consigo o asegurarle definitivamente la independencia.

—Mediante una boda—insinúa Terán con vaga pesadumbre, entre celoso y compadecido, sin advertir que quiere penetrar muy de prisa en las intimidades de la joven.

Ella no da importancia a la pregunta, y responde con sinceridad:

—Tal vez casándome sería muy feliz como mi madre, que vivió libre, alegre y mimada; pero como el padre mío hay pocos hombres...

Quédase Florinda meditabunda, adormilados los ojos entre las pestañas, triste soñadora del inseguro porvenir.

Terán la contempla conmovido ante la dulce ingenuidad que no se recela ni ofende en aquel interrogatorio de todo punto inesperado: allí están las íntimas confidencias que él acució unas horas antes, ambicioso y febril, en las bellas pupilas asombradas de sueño; parece que bajo el cutis delicado de la viajera se ven pasar las emociones, se sienten los latidos cordiales de aquella vida, se oye el compás armonioso de aquel espíritu, como si toda Mariflor se convirtiera en alma de cristal que vibrase en una voz apacible y se derramara en una sonrisa tenue.