El foco de compasiones que arde en el corazón del poeta, sube de improviso hasta los audaces pensamientos, inundando de misericordia la conciencia varonil. Y Terán presiente, condolecido, la desventura de aquella mujer que desde la vida muelle y dulce de la ribera mimosa, se ve empujada, inocente y pobre, al más duro y yermo solar del páramo legionense, a la tierra mísera y adusta que él recuerda haber cruzado en rápida correría a los montes del Teleno, y de cuya fosca imagen guarda una trágica impresión.

Fué al iniciarse la primavera, como ahora. Varios socios del Club Alpino español cruzaron la región maragata al firme y lento paso de las caballerías del país, como perdidas sombras de mundano regocijo, fuyentes por azar en las yermas soledades de la vida: eran mozos festeros, exploradores felices de las sierras bravas, jamás cautivos en una llanura tan triste y tan inútil, sembrada de pueblos estancados y ruines; llanura esquiva, donde la sangre de la tierra castellana, las frescas amapolas, corre con estéril pesadumbre, como flujo de entrañas infecundas. Una mordaza de melancolía hizo enmudecer a los viajeros desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán, donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de hermosura para subir al Teleno: tomando la «senda de los peregrinos», Murias de Rechivaldo, Castrillo de los Polvazares y otras poblaciones de nombre sonoro y muerta fisonomía, se aparecieron en el páramo como esfinges, al través de los medioevales caminos de herradura; y en el trágico umbral de estos pueblos mudos, se erguía, como un símbolo de abandono y desolación, la figura dolorosa de la maragata en brava intimidad con el trabajo, luchando estoica y ruda contra la invalidez miserable de la tierra...

Al fogonazo de aquel recuerdo, Rogelio Terán reconoce el traje y el tipo de la anciana que duerme; es la misma mujer empedernida y triste, vieja y sacrificada, que el mozo sorprendió firme en el suelo como heráldico atributo de esclavitud, en las torvas llanuras de Maragatería. Pero la muchacha que al otro extremo del coche medita y sonríe, parece separada de la abuela por siglos de generosidad y de dulzura: en el cuerpo y en el alma de esta niña gentil, ha posado el amor un indulto con todo su cortejo de blandas piedades.

Prende el artista otra vez su atención en la moza, y para disimular un tumulto loco de reflexiones, por decir algo, dice:

—¡Es precioso el vestido de usted!...

—Llevo el de las fiestas—responde Florinda, que sacude con mucha gracia la flocadura espesa del pañuelo—; lo encargó mi padre para que yo me hiciese un retrato, y la abuela me lo mandó poner ahora, porque así dice que no pareceré en el pueblo una extraña... Tendré que hacerme otro más humilde para todos los días... Con lo que no transijo es en llevar en la cabeza un pañuelo como la abuelita, ¿lo ha visto usted?

—Yo sólo quiero ver los espléndidos cabellos de mi amiga Mariflor... ¿Mariflor, qué?

—Salvadores. En Valdecruces casi todas las familias se apellidan así.

—Serán todos parientes.