—Sí; se casan unos con otros, por lo general.
—A usted ya le tendrán destinado algún primito.
—Eso dicen.
—¿Y se llama...?—insinúa incómodo Terán.
—Antonio Salvadores. Pero...
Este pero, largo y sonriente, acompañado de un delicioso mohín, desarruga el entrecejo del poeta.
—Pero, ¿qué?—interroga apremiante.
—Que sólo nos conocemos por fotografía.
—¿Y por cartas?
—¡Quiá!... Los novios maragatos no se escriben.