—¿De manera que son ustedes novios, ya de hecho?

—A estilo del país. El padre de Antonio y el mío eran hermanos y deseaban esa boda, pero me dejan en libertad de decidirla yo. Y si el mozo no me gusta...

—¿Qué tipo tiene?

—Por el retrato y las noticias que me dan, es grande, moreno, colorado...

—¡No se parece a mí!—interrumpe Terán con ingenua lamentación.

—¿Por qué había de parecerse?—pregunta la muchacha—. Y su risa, que finge asombro, tiene un matiz muy femenino de curiosidad. Después, en tono de confidencia, recelando del sueño de la anciana, añade:

—Mi primo tiene una tienda de comestibles en Valladolid; este año irá a Valdecruces para la fiesta sacramental, y yo aguardo a conocerle para decir «que no simpatizamos», y quedar libre de ese compromiso...

—¡Si usted ha dado ya su consentimiento!...—se duele el joven.

—¡Qué había yo de dar, criatura!—prorrumpe con mucho desenfado la mocita. Luego, baja la voz, y el caballero tiene que inclinar el oído hacia la boca dulce que secretea:

—En Maragatería, sin contar para nada con los novios, se apalabran las bodas entre los más próximos parientes de los interesados. Pero, aunque raras, hay algunas excepciones en esta costumbre; mi padre se enamoró en la costa y fué muy feliz con una costanera... Por eso no me impone a mi primo y sólo me ha suplicado que le trate antes de adquirir otras relaciones.