—¿Y si a usted le gustara?—inquiere todavía el viajero, sin disimular su interés.

Pero Mariflor, dictadora desde la señoría de su belleza, deja dormir en los ojos la mirada, y murmura:

—¡No es mi ideal un comerciante!...

Muy respetuoso ante el secreto ideal de aquella niña encantadora, averigua el poeta con cierta inquietud:

—¿Qué profesión prefiere usted en un hombre?

Ella retira con ambas manos los tenebrosos cabellos de su frente, y contesta devota:

—La de marino.

Parece que detrás de esta confesión ha volado muy lejos el alma de Florinda a perseguir por remotos mares la silueta romántica de algún velero audaz: tal es la actitud de arrobo a que la muchacha se abandona. Mas vuelve al punto de aquella ausencia repentina y une dos cabos sutiles de una ilusión, muy tenue, en esta pregunta, que la hace enrojecer:

—¿Ha seguido usted alguna carrera?

Suelto el corazón delante de aquellos inefables rubores, Terán dice: