—Las he seguido todas y ninguna, porque soy poeta, soy novelista: forjo criaturas y sentimientos, vidas y profesiones; creo almas, caminos, mares y tierras, mundos y cielos, astros y nubes. Bajo la exaltación de mi pluma surgen dóciles y palpitantes los seres y las cosas, lo pasado y lo por venir, lo perecedero y lo infinito; el bien, el mal, la gracia, el arte, la virtud, el dolor...

Aquel torrente de elocuencia lírica se detiene en un extraño grito que Mariflor exhala: escuchando estaba el discurso, con los ojos humedecidos y febriles, subyugada por la vehemencia de aquellas frases ardientes, cuando, de pronto, un puyazo de luz le dió en la cara y un tumbo del corazón la obligó a levantarse con el asombro en la boca y en las pupilas el éxtasis, ante el colosal espectáculo que se ofrecía a sus ojos en la llanura. Alzóse también el poeta, vuelto con prontitud hacia donde la niña señalaba, y entrambos, mudos, atónitos, sintieron en el pecho el golpe de una misma y formidable emoción.

Había ya el tren salvado el espantoso despeñadero que divide las tierras galaicas y legionenses, el cauce lúgubre y sonoro del aurífero río, las hoscas breñas fronterizas, los puentes y los túneles de la Barosa y Paradela; corría el convoy con fuerte resoplido por la ancha cuenca del Sil, oculta en el fondo de un mar de vapores, fantástico mar de cuajadas neblinas, donde se embotaban los rayos del naciente sol. Pugnaba éste por herir y romper las apretadas ondas de la niebla; resistía la niebla los ímpetus del encendido rey, ahogando entre impalpables copos los saetazos de su luz... Súbitamente se alzó el astro rútilo, irguió la frente sobre el cuajado mar y lanzó por encima de sus ondas una triunfante llamarada; vino entonces un oportuno y vigoroso cierzo que agitó las nieblas en raudo torbellino, las desgarró en jirones, las arrastró con furia, bajo la gloria del sol, lo mismo que un oleaje de sutiles aguas y espumosas crenchas, entre nimbos de púrpura y de oro, quiméricos y extraños como una aurora boreal. Pero, al caer un punto el aire, subió la niebla solapadamente; subió dejando perezosos vellones en las praderas del Sil; hubo un momento en que, a ras del tren, que dominaba unas alturas, logró alcanzar la niebla al disco soberano y sofocar su lumbre; pero los haces del incendio solar, cada vez más agudos y potentes, se cruzaron veloces por la tierra y por el cielo, hasta coger entre dos llamas al flotante enemigo, el cual, acorralado, flexible, retorciéndose como el convulso brazo de un herido titán, fingió partir el sol en dos mitades, en dos hemisferios resplandecientes. Fué un espectáculo de hermosa y terrible grandeza, una visión sideral, un alborecer de los primeros días de la creación: diríase que dos soles gemelos, dos ígneos meteoros, dos astros rivales ardían entre el cielo y la tierra, prestos a chocar y convertir el mundo en un caos de lumbres y vapores. Duró sólo un instante, un breve y peregrino instante; pues todo el denso jirón de la vencida niebla, perseguido, acosado, ya en el cielo, ya en el monte, sobre las aguas y las frondas, se evaporó, copo tras copo, pulverizado y sorbido por el viento y por el sol.


III
DOS CAMINOS