SOBRECOGIDOS por aquel suceso tan extraordinario, y a la vez tan natural, volvieron el poeta y la niña a entrelazar la mirada y las confidencias; pero entrambos sentían arder en sus ojos y en sus frases la llama divina del monstruoso incendio amaneciente, como si con la tierra y el cielo se hubiesen inflamado también los corazones.
Rogelio Terán al sentarse ahora, había ocupado un sitio al lado de Florinda, y se inclinaba muy afanoso, derramando la efusión de su verbo en el absorto oído de la moza. Ella, un poco alarmada, tendió la vista alrededor del coche, lleno de sol dorado y frío, y se encontró con los ojos de la abuela, que, destocada en parte, inmóvil y triste, no parecía sentir curiosidad ninguna por la insuperable pompa de la mañana ni por la galante actitud del caballero intruso.
Siguiendo Terán el camino a la sonrisa de la joven, hallóse también con la anciana despierta, y trató a su vez de sonreirla. Mas se quedó el intento extraviado en aquel semblante impasible, todo arado de arrugas, turbio y doloroso como el crepúsculo de una raza.
Intervino graciosa Mariflor entre la buena voluntad del artista y el entorpecimiento de la vieja, explicando con mucho donaire:
—Abuela: este caballero ya es amigo mío; ha viajado con nosotras toda la noche...
Pero la maragata no entendió aquellas razones elocuentes o no la convencieron, porque después de un murmullo, entre palabra y suspiro, permaneció muda y pasiva, como si se le importase un ardite del amigo viajero. El cual preguntó callandito a la muchacha:
—¿Está sorda?
—Está triste—murmuró ella por toda explicación, temblando igual que si la hubiera estremecido el roce de unas alas sombrías.
El rubio sol, que sin calentar iluminaba el coche, hizo relucir en los ojos melados de la viajera dos lágrimas fugaces. Y pasó tan lúgubre el silencio de aquel minuto sobre la voz quejosa, que la marcha del tren, recia y veloz, parecía una fuga trágica en la desolación del llano.