Rogelio Terán, cada vez más encendido en la admiración que Florinda le inspiraba, quiso probar la dulzura de su ingenio en el propósito de amistarse con la vieja y merecer la solicitud de la moza.
Ya la curiosidad del viajero estaba servida: mediante la franca elocuencia de Mariflor, y auxiliado por la clave del sentimiento que los poetas conocen, había leído en aquellas dos almas, arredrada y hermética la una, abierta la otra y confidente en toda la plenitud de la esperanza y de las ilusiones. Y con el deseo generoso de pagar en hidalga moneda aquella sorprendida revelación, inclinóse de nuevo el artista, devoto y vehemente hacia la niña maragata, y le dijo su historia, sus anhelos, sus peregrinaciones y aventuras: habló con urgencia, con inquietud, mirando a menudo el reloj, consultando con avidez los contornos del camino, avaro del momento fugaz que ya no volvería sintiendo que se apresuraba, en cada ciego avance del convoy, la hora oscura de separarse de aquella vida nueva y rara, llena de sugestión para el poeta.
Escuchó Mariflor el fogoso relato crédula y maravillada, con los ojos vendados de fe y acelerado el corazón por la sorpresa: aquel señor rubio y fino, tan amable y tan elocuente, que sabía mirar con una fuerza irresistible y extraña hasta el fondo de los pensamientos; que elaboraba libros y periódicos; que conocía del mar y de la tierra sirtes y derroteros, borrascas y rumbos, placeres y dolores, quería ser amigo de Mariflor; quería escribirle muchas cartas, hacer para ella muchos versos, ir a Valdecruces... ¡Válgame Dios, las cosas que la niña estaba oyendo y contestando sin saber cómo!
En el apacible rincón del coche había estallado una nube de promesas y de ruegos, una lluvia de confesiones y de propósitos: la fuente de la emoción había roto cálida y borbollante en el florido campo de dos almas juveniles, y el murmullo de las espumas sonaba a la vez con lastimosas querellas de elegía y alegres modulaciones de epitalamio.
En medio de aquella ardiente prisa por saber y por contar; en aquel arrebato confuso de sentimientos y de palabras, alzóse de improviso la figura torpe de la abuela, preguntando con timidez a Mariflor:
—¿Tienes hambre?
—¿Hambre?...
La muchacha tardó en traducir a la realidad este «sustantivo común» que había sacudido el letargo de la anciana, y al cabo de una sonrisa y de un esfuerzo, contestó ruborosa:
—No, abuela.