Pero la maragata dijo—no sin algunas dificultades, cohibida por la presencia del caballero—que «era mejor» desayunar antes de la llegada a Astorga, para emprender desde allí, en seguida, el camino a Valdecruces.
—¿Es muy largo?—interrogó el poeta, ganoso de trabar conversación con la anciana. Ella, indiferente al interés del desconocido, tanteaba su bagaje en busca de alguna cosa. Y respondió Florinda, turbada otra vez por la visión del misterioso porvenir:
—Es muy largo... Al paso de los mulos, llegaremos a la puesta del sol.
Aquel tono doliente sugirió al artista, con lástima desgarradora, la imagen de una pobre caravana discurriendo con lentitud en la soledad gris del páramo...
Ya la silenciosa abuelita había rescatado, al través de envoltorios y atadijos, unas viandas, que ofreció con finura y cortedad al caballero; y él, entonces se levantó con mucha diligencia a buscar en su equipaje otros regalos: eran cosas delicadas, exquisitos fiambres en muy parcas raciones, dulces envueltos en rutilantes papeles, y una botella cerrada a tornillo, de la cual vertió café en un vaso, presentándoselo a la anciana:
—Está caliente, abuelita; bebe un poco—dijo Mariflor.
—¿Caliente?—repitió con asombro, mirando muy recelosa el humo que exhalaba la confortable bebida—. Y ¿quién lo ha calentado?
—Se conserva así en esa botella, que se llama termo; ¿no lo sabías?
La maragata movió la cabeza con incredulidad, y tomó el vasito en la mano lentamente.
—Bembibre—leyó a este punto la muchacha, mientras el tren se detenía.