Y ambos jóvenes, olvidando a la abuela y al desayuno, se asomaron a contemplar el frondoso vergel del Vierzo, plácido como un oasis, en el austero y noble solar de León.
—¡Bravo país de poesía y de leyenda, de amor y de piedad!—exclamó el artista casi en soliloquio, desbocados en su imaginación membranzas y pensamientos.
—Yo he leído—murmuró Florinda, también evocadora—una novela que sucede aquí.
—¿El señor de Bembibre?
—Justamente. Es un libro muy hermoso y lastimero, ¿verdad?
—¡No hay hermosura sin lástima!—repuso el mozo, dolorido, contemplando a su amiga con beatitud.
El tren, que hacía rato se engolfaba entre admirables lindes, lanzóse otra vez a descubrir mieses y quebraduras, vegas y bosques, maravillas de paisaje y de vegetación, bajo el cielo cobalto, henchido de luz.
Iba Florinda enlazando con sus propias emociones, memorias tristes de la bella y desgraciada doña Beatriz de Ossorio, y de su prometido, don Alvaro Yáñez, tan sin ventura y sin consuelo como la que de amarle murió, desposada y doncella, en una hora tardía de felicidad... Huyen las márgenes sinuosas, los castaños y los nogales vides y olivos, plantas y viveros del Mediodía que este privilegiado rincón leonés acoge y fecunda delante de las nieves perpetuas. Y a Florinda le parece escuchar cómo galopa el corcel fogoso donde el señor de Bembibre lleva en sus brazos a Beatriz, desmayada: las monjas, los abades, los caballeros del Temple, los religiosos del Cister, la enseña de la Cruz desplegada al viento en torres y en almenas; todas las imágenes de pasión, de bravura y de fe que han arraigado los historiadores y los artistas en el eremítico país del Vierzo, derramaban su romántico perfume en la imaginación vagabunda de la viajera.
El mismo aroma legendario y bravío sacudió los nervios de Terán, mientras la corriente de su alma fluía en tumulto, loca y triste como la quejumbre del viento en noche de tormenta. También el mozo sintió que en el paisaje se idealizaba toda la fortaleza augusta de los monasterios insignes y los castillos bizarros, de las mansiones feudales y las abadías belicosas. Erectas las alas de la fantasía, el poeta salva puentes y fosos; discurre con peregrinos y frailes, con reinas penitentes y obispos ermitaños; oye el clamor de las salmodias anacoretas y de los señoríos en pugna, y asiste, en un minuto, al reflorecimiento católico y viril de la región dominada por el báculo monacal y las encomiendas de los Templarios...
Así, al través de una tierra tan propicia al ensueño y al amor, aquellas dos almas fervorosas, contagiadas de lirismos y de ternuras, cayeron en la embriaguez de idénticas evocaciones...