Resbalándose bajo la velocidad del convoy, se deslizaba el Vierzo empapado en bellezas y memorias, fugitivo y rebelde como una ilusión; y la vieja maragata, con el vaso en la mano todavía, contemplaba muy confusa al compañero de viaje, después de apurar en furtivos sorbos hasta la última gota de café. Una mezcla de admiración y de recelo ponía en el apagado semblante de la anciana, pálida vislumbre de curiosidad, mientras que en sus labios temblones iniciábase humilde una frase cortés.
Y así estuvo, paciente, insinuando el ademán de volver el vasito a manos de su dueño... El dueño y Mariflor, cerrando con mutua mirada, dulce y honda, el paréntesis de sus fantasías, hablaban en el foco de luz de las vidrieras, ajenos ya al paisaje y al mundo extendido fuera de sus corazones. En aquel momento la conversación era trivial; tornaron a ella con azorante prisa, codiciosos de los minutos que faltaban para que su camino se dividiese en dos, pero sintiendo la necesidad de poner un discreto disimulo ante sí mismos en el ardor de aquella simpatía tan nueva y tan ansiosa: por eso las palabras no tenían el solo significado de su acepción, y férvidas, vibrantes, teñíanse en matices y fulgores del oculto sentimiento.
—¿Le gustan a usted las novelas?—preguntaba Terán.
—Las novelas y las historias; me gusta mucho leer.
—Yo le mandaré libros.
—¿Los que usted escribe?
—Y otros mejores... ¿Cómo los prefiere?
—De viajes y aventuras; me encanta que en los libros sucedan muchas cosas: acciones de guerra, lances de mar, procesos...
—¿Y amoríos?
—Sí; pero que terminen en boda—dijo Florinda, y se puso encarnada.