—Desde anoche—murmuró rendido el poeta—vivo yo una hermosa aventura «de peregrinaje y de amor...» ¿cómo terminará?
La encendida llama de los corazones calentó las mejillas de la muchacha y los acentos del mozo. Y el quebrantado discurso, halagador y ardiente, volvió a rodar entre el estrépito fragoroso del tren. Cuando éste se detuvo en la estación de Torre, quedó rota de nuevo aquella intimidad, imperativa y fuerte, que a sus mismos mantenedores causaba confusión y asombro.
Entonces, la pobre abuela, perseverante en su actitud de cortesía, pudo colocar las palabras y el vaso.
—Muchas gracias—pronunció quedamente, dando al fin vida y rumbo a la frase y al movimiento que hacía un buen rato preparaba.
Mariflor y su galán sintieron un poco de vergüenza al volverse hacia la abandonada abuelita, y en prueba de sumisión y desagravio fueron a sentarse al lado suyo.
El inflamable caballero no había sido tan celoso para amigarse con la vieja como para conquistar a la niña. Y ahora, impaciente, lamentando la premura del tiempo, sacudido por un alto impulso de cordialidad hacia aquella mujer triste y anciana, hubiera deseado poseer algún don muy valioso para tributárselo en ofrenda devota.
Pródigo y conciliador, no halla dones, ni siquiera palabras, para abrirse el camino de aquel inválido corazón de abuela, premioso en dar noticias de sus sensaciones.
En tal incertidumbre quédase el muchacho pensativo y mudo, con el vaso de aluminio entre los dedos. Y se alza otra vez auxiliadora la voz amable de Florinda, que repite como un eco del discurso anterior:
—«Abuela, este caballero ya es amigo mío: ha viajado con nosotras toda la noche...»
El mozo sonríe y la anciana también. Por lo cual, Mariflor, muy satisfecha, apoya un brazo con mimo en el hombro de la abuelita, y continúa: