—Este señor es un poeta; hace libros... los escribe, ¿comprendes?
—Ya... ya...—susurra la anciana, y sus ojos, grises y mansos, tienen para el hazañoso doncel un lejano fulgor de admiraciones.
—Nos va a mandar algunos—promete Florinda insinuante—, y yo te los leeré para divertirte un poco... Este señor—sigue diciendo—anda solo por el mundo... También su madre se le ha muerto, lo mismo que a mí; también su padre está en América...
—Será usted de León—asegura con respeto la abuelita, que no concibe una patria más ilustre.
—Soy montañés, señora; de Villanoble, a la orilla del mar.
Y con grande sorpresa de Florinda, la abuela se estremece y exclama:
—¡Villanoble!... Ya conozco ese pueblo; tiene un seminario muy rico, una playa muy grande, unas casas muy hermosas... ¡Qué lejos está!
El poeta se entristece, como si al conjuro de la extraña exclamación el evocado pueblo se alejara, remoto, inabordable. Y la niña pregunta absorta:
—¿Pero has estado allí?