—Estuve.

—¿Cuándo, abuela?... Yo no lo sabía.

—Hace ya mucho tiempo; no habías nacido tú; un hermano de tu padre, seminarista, adoleció en Villanoble; ya estaba yo viuda y los otros hijos ausentes... Tuve que ir por él.

—¿Era uno que se murió del pecho?

—Ese era.

Bajo la pesadumbre de aquella historia, inclinó la anciana su frente, pálida como la ceniza, y quedóse tan mustia, que ambos jóvenes guardaron un silencio piadoso, hasta que la muchacha quiso justificar aquel grave dolor, explicando:

—La abuela tuvo trece hijos y no le quedan más que dos.

—¡Pobre!—compadeció Terán, que adivinaba un mundo oscuro y sublime en el alma silenciosa de la infeliz mujer.

Una estación, desierta y soleada, quedó tendida frente al coche; abrióse de improviso la portezuela, y una pareja de la Guardia civil se asomó en el vano. Irresolutos, misteriosos, los guardias cerraron sin subir: eran los únicos viajeros que habían tratado de acompañar al poeta y a las maragatas en todo el camino.

Se lanzó el caballero a registrar su Guía con una precipitación algo alarmante, y advirtió pesaroso: