—Faltan dos estaciones para Astorga.
Entreabierta en la consulta la escarcela del peregrino, desbordáronse postales, cartapacios y libretines, toda la bizarra filiación moral de una juventud errante y laboriosa. Y mientras tanto, Mariflor, apretándose lagotera contra la abuelita, musitaba:
—Este amigo nos escribirá; irá a visitarnos... ¿oyes, abuela?... ¿quieres?
El amigo posó en el regazo de la anciana un montón de postales, diciendo:
—Hágame el favor de llevarlas, señora, como un recuerdo mío.
Sorprendida por aquellos halagos, no supo ella qué responder, y sonrió, dejándose engañar como una niña, entre frases conquistadoras y dádivas pueriles. Parecía feliz en aquel instante; desplegaron sus manos desmañadas las tarjetas sobre el delantal, y apareciéronse allí copias de mil tesoros: cuadros y estofas de Toledo, tapices de El Escorial, fuentes de La Granja, palacios salmantinos, joyas árabes y platerescas, fragura de paisajes montañeses, delicia de jardines andaluces... un tumulto de arte y de poderío español. A la maragata le sedujeron, entre las admirables cartulinas, dos de origen mejicano, iluminadas en colores, reproduciendo la avenida de Juárez y el palacio de Hernán Cortés: alzólas en los dedos con admiración preferente, y en seguida, azorada, vergonzosa, lamentó:
—¡Es lástima; yo no gasto esquelas!... ¡no sé escribir!
—Pero yo sé—dijo, arrulladora, Mariflor, deseando aceptar el recuerdo.
—Guárdalas tú, si el señor se empeña—consintió la abuelita—; y dale las gracias.