Con los ojos adoradores y solícitos, obedeció la moza, mientras la vieja logró forzar la dura timidez de su palabra, para decirle al caballero:
—Si va por Valdecruces, ya sabe que allí tiene una servidora...
—Iré, de seguro—respondió el poeta, deslumbrado por la mirada de Florinda. En aquellos ojos, dulces y resplandecientes, fulgía la incertidumbre con interrogación muda.
Cuando iba a despedirse de aquel hombre extraño y amigo para ella, sentía la muchacha el vago temor de perder la felicidad y la duda de haberla encontrado.
El mozo, por su parte, se engolfaba en la emoción de aquella hora, sin detenerse a descifrar misterios, soñando muy de prisa, a sabiendas de que iba a despertarse pronto.
Y la pobre anciana, tras un senil desbarajuste de ideas en fuga, volvió a oprimirse el corazón en los rígidos muros de su vida cruel.
Isócrono, maquinal, el tren corría insensible a las inquietudes de los tres viajeros, y Florinda tuvo que ayudar a su abuela en los preparativos de la llegada. Al través de los fardos toscos de aquel equipaje campesino, las manos ágiles de la niña pusieron su gracia y su finura en arpilleras y capachos, en los múltiples bultos donde la vieja se llevaba los más vulgares utensilios del hogar fracasado en La Coruña: cuanto no había podido venderse por usado y maltrecho.
La abuelita contaba, meticulosa y torpe:—Uno, dos, tres—tocando con la punta del índice cada barjuleta y cada zurrón; y la moza suspiró con fatiga, como si le abrumara el peso de aquella carga miserable, delatora de inclemente pobreza.
Se estremecía de compasión Rogelio Terán en el atisbo de aquellos pormenores: meditándolos estuvo sin saber si admirarse o condolerse de la rara hermosura de la niña, sin darse cuenta de que no le prestaba auxilio en el rudo trasiego de alforjas y envoltorios. Cuando acertó a disculparse, ya Mariflor había terminado su trajín y se colgaba a la bandolera, sobre el pañuelo floreado y vistoso, un bolsillo elegante que, entreabierto, exhaló delicadísimo perfume.
—Es de mi traje de señora—dijo la mocita, respondiendo a la visible extrañeza de Terán—, de mi equipo de paisana—subrayó graciosa y triste.