—Así—le replicó el poeta entusiasmado—parece que el dios ciego ha ofrecido su carcaj simbólico a la reina de Maragatería...

Y la abuela, en un repente inesperado y brusco, manifestó augural:

—En nuestro país no se admiten reinas. Allí todas las mujeres somos esclavas.

Volvió Florinda el rostro con angustia hacia el camino, y le pareció que temblaba el paisaje con un doloroso estremecimiento.

Entraron en la estación de Astorga: los pregones de las clásicas mantecadas, alguna muestra humilde del traje regional y algún indicio de tráfico mercantil, daban al andén un poco de carácter y de vida.

En medio de este cuadro indeciso y mediocre, puso Mariflor, con su belleza original y su lujoso vestido, la nota resonante: detrás de la abuelita, que ya tenía en torno sus bártulos de arriero, saltó la moza al andén, apoyada en la mano que le ofrecía Terán con trémula solicitud; y a pleno sol resplandecieron tanto los colores de su traje y las dulzuras de su rostro, que en todas las ventanillas del tren y en todo el recinto de la estación inicióse un movimiento de curiosidad. No tardó este asombro interrogante en romper las fronteras de la contemplación muda, estallando en requiebros y alabanzas, del lado del ferrocarril, al borde de estribos y vidrieras, donde la anónima condición de «viajeros» suele dar a los hombres mucha osadía y harta libertad.

Como un incienso de apoteosis, envolvió a la gentil maragata la nube de piropos; y el poeta hubiera deseado coronar el homenaje con un vítor atronador y lanzar luego por el vasto mundo los ecos de su audacia.

Pero a la vera de Florinda, triunfante y proclamada hermosa, otra mujer vieja y triste, con igual traje, con igual destino que la joven, se sumerge en tribulaciones y cuidados en medio de su equipaje ruín. Y a Terán se le reproduce la visión desoladora del páramo, donde el viajero no parece hallar término ni alivio a la dureza de la ruta, como si por ella la vida cruzase extraviada, como si la civilización se detuviera cobarde y perezosa delante de la tierra hostil, a cuyas entrañas inclementes sólo manos heroicas de mujer han podido llegar, en acecho de un fruto esquivo y tardo...

Las arrogancias de la galantería arden en lumbres de misericordia cuando el poeta se despide de su amiga con suspiradas frases: una campana y un silbato le devuelven al tren, ya en movimiento, mientras Mariflor sonríe con la dócil inmovilidad de un retrato alegre.