Y los ojos azules, que ya no reflejan la figura ideal de la maragata, se tornan añorantes hacia el coche, mudo y vacío como la fábrica de un sueño...


IV
¡PUEBLOS OLVIDADOS!

UNA maragata de edad indefinible, a quien la abuela llamó Chosca, había conducido tres cabalgaduras hasta la misma estación. Cargóse en una de ellas lo más voluminoso del bagaje, y aun pudo hallar la Chosca un punto de asiento y equilibrio en la cima de aquella balumba, cuyo difícil acomodo entretuvo a la pobre caravana dos horas largas de talle. Y aunque la abuela se encaramó también sobre los repliegues de otro monte de fardos, todavía las menudencias de más fuste hubieron de refugiarse en las alforjas del mulo cebadero, el mejor de la recua, cedido por agasajo a Mariflor.

Todo lo miraba la moza fijamente, con una muda actitud, en que al tenaz recuerdo de las cosas pasadas se sobreponía el propósito firme de aprender y gustar las cosas nuevas; mujer y curiosa, joven y perspicaz por añadidura, sintió, a despecho de sus íntimas inquietudes, una ansiedad respetuosa y fuerte, que la empujaba hacia la tierra madre, incógnita y callada como un secreto de lo porvenir. ¡Qué ejemplo más hermoso para cualquier agudo observador, la bizarría y compostura, la gravedad y ceremonia con que Florinda Salvadores se allanó, sin melindres ni repulgos, a todas las veleidades de la suerte, y cambiando de nombre, de traje y de sendero, montó en un mulo, por primera vez en su vida, con tanta gentileza y señorío como si la tosca jamuga fuese el blando cojín de un automóvil! Conformidad y audacia dieron alegre resolución a la moza; y aun fueron parte a erguirla, serena y apacible en el misterioso rumbo, cierto soplo sutil de fatalismo que sentía en el alma y un deseo inconsciente de aventura que se le impacientaba en la imaginación.