El paso por Astorga tuvo para Florinda rara solemnidad. Quiso la abuela dar allí algunos recados, hacer algunas compras y cobranzas mediante papelucos escondidos con minuciosas precauciones en un «cornejal» de la faltriquera, al amparo de sayales y manteos; a todos estos menesteres asistía la muchacha desde lo alto de sus jamugas, atisbadora y vigilante, reflejando en sus pupilas el asombro de la vieja urbe, tan pobre y tan triste ahora, que ni siquiera guarda los vestigios de su glorioso ayer.
¡Cuán desolada y yerta la ciudad Magnífica y Augusta! ¿Quién dirá que fué palenque y tribunal de astures, imperial colonia, centro de vías romanas y baluarte de sus legiones, botín después del bárbaro y del moro, joya del terrible Almanzor, pleito y disputa de castellanos y leoneses? Ya no conserva ni las ruinas de los antiguos monumentos; hasta aquella robusta fortaleza de sus marqueses y señores, aquel soberbio castillo que presumía de inmortal, cayó también con los sillares de las rotas murallas; la recia divisa de Alvar Pérez Ossorio, que a tantas duras generaciones gritó desde el frontis nobiliario con orgullosas letras:
Do mis armas se posieron
movellas jamás podieron,
vino a dar en ingrata sepultura bajo los residuos de cubos y de almenas, de capiteles godos y lápidas latinas. ¿Qué rangos, qué voluntades, qué hierros, piedras y raíces no moverá en el mundo el ímpetu de los siglos empujando la rueda de la fortuna?
Así, esta tierra misteriosa, de cuyos primitivos moradores sólo se sabe el apellido—amacos—, o «excelentes guerreros»; este pueblo viril que grabó en su escudo, como símbolo heroico, una rama de poderosa encina; este solar privilegiado por cónsules, santos y reyes, guarnecido de altivas torres y ferradas puertas, ahora vive en el silencio de las mortales pesadumbres, ahora padece el abandono de los históricos infortunios. Y, como un fallo de singular predestinación, acude sobre Astorga el recuerdo de aquellas pretéritas edades, en que la capital de la región y sus alfoces se llamaron «Asturias»: ¡Pueblos olvidados!
Una ráfaga de tales penas y de tales memorias aguzó en la fantasía de Mariflor el ansia ardiente de evocar imágenes y perseguirlas al través de las silenciosas rúas, sobre el empedrado hostil, entre el caserío de adobes, simétrico y vulgar. Pero todos los recuerdos heroicos, todas las evocaciones bizarras, huyen ante el semblante lastimoso de la Augusta y Magnífica, Muy Noble, Leal y Benemérita, que, parda, muda, triste y pobre, languidece de añoranzas y pesares a la sombra de su ilustre catedral, sobre las pálidas favilas de la historia. Y cuando a fuerza de imaginación y voluntad quiso la viajera reconstruir en su mente hechos y figuras familiares a la patria nativa, ya la visión de Astorga, yerma y desamparada, se había extinguido en el término raso y adusto del horizonte.
Como fuesen grandes la calma y el regateo con que las compañeras de Florinda ajustaron sus compras en la plaza de los cachos y en los soportales de la Plaza Mayor, y no menos prolijos los demás negocios que la abuela trataba, llegó la media tarde cuando las tres amazonas salieron por el arrabal de Rectivía para seguir la carretera en busca de su pueblo.
De la calmosa estada en la ciudad llevóse Mariflor, campo adelante, el recuerdo de los dos maragatos que en el reloj del Concejo cuentan con sendos martillos las mustias horas de aquella vida gris; la pareja simbólica y paciente se hizo un lugar en la memoria de la niña, sobre la impresión de aquel grave edificio, fuerte reliquia de la pasada opulencia asturicense. Había preguntado la muchacha por un jardín ameno que, según sus noticias, era lugar de fiestas estivales y de otros alicientes para la juventud; aunque la abuela señaló «hacia allí», sólo pudo Florinda columbrar una mancha verde y risueña, tendida en la mayor altura de la muralla, sobre el mismo solar que siglos antes ocupó la Sinagoga, cuando una rica aljama se aposentó en el arrabal de San Andrés. El perfil airoso de la Catedral y la nobleza de algunas portadas parroquiales, impresionaron también a la curiosa. Y el bosquejo heráldico de unos lobos, unas bandas de azur, el león rampante de gules, coronado de oro, la monteladura de plata, cimeras, escudetes, lemas y coronas, rezagos de insigne alcurnia sorprendidos al azar en unos pocos edificios, alumbraron en la mente de Florinda, con pálido reguero de luz, la nómina confusa y lejana de Ossorios y Escobares, Turienzos y Pimenteles, Benavides y Juncos, Gagos, Hormazas, Rojas, Pernías, Manriques... El íntimo vigor de estos recuerdos rehogaba con orgullosa lumbre las fantasías de la joven, cuando sus ojos se posaron en el abierto muro, indemne a las cóleras de Witiza y Almanzor...
Acostumbrada Florinda a escuchar de su padre los frecuentes relatos de sus aventuras infantiles por los arrabales de la capital, casi a tientas hallaría rumbo en el camino astorgano que cruzaba por primera vez.