Allí a la izquierda, dejando atrás el rasgado cinturón de las fortificaciones, brota la viejísima Fuente Encalada, de tan henchido seno, que ni en su estiaje paró nunca de cantar con su rumor sonoro las penas y las glorias del país.
Cunde el manantial en aquel punto desde los tiempos fabulosos, y le alberga un edificio notable, con armas, inscripciones y perfiles de varios siglos y grande pulcritud. Con abundancia sempiterna ha prodigado la Fuente sus fidelísimos dones, lo mismo a los aureros imperiales que a los devotos del Camino francés y a los trajineros maragatos... Vive apenas la memoria de los primeros poseídos por «la maldita sed de oro», que, bárbaros de codicia y de furor, vinieron de todos los confines de la tierra a enriquecerse en nuestras minas peninsulares: pasaron por aquí los explotadores de las médulas famosas, y también los cruzados, que en el siglo IX abrieron desde Francia una difícil ruta para ofrecer homenaje en Compostela al cuerpo del Apóstol; se han borrado «la vía de la plata» y la de «los peregrinos» bajo la anchura de una carretera española del siglo XVIII, en la cual la arriería se extingue impotente contra el raudo ferrocarril; pasaron y cayeron centurias y generaciones, cetros y coronas, y al través de las vidas caducas y de las cosas perecederas, esta fontana dió su latido fecundo y su perenne caricia a todos los sedientos del camino...
Mariflor tuvo sed al pasar por aquí. Despertóse en ella el recuerdo de los años que la fuente contó, rezadora y humilde en la mansa llanura de los «pueblos olvidados», y quiso gustar del agua fiel; bebió ansiosa, obsesionada por la inconsciente ilusión de saciarse en frescuras y deleites de eternidad.
Al seguir el camino, en tanto que las otras maragatas parecían insensibles al paisaje y a las emociones, descubrió la moza a la derecha del manantial cierto prado muelle y jugoso hundido en el terreno; debía ser el lugar llamado Era-Gudina, donde el feudo del Marqués tuvo un estanque, una barca, una isleta y un bosque.
A leyenda le supo a Mariflor el supuesto de que allí existiesen jamás esquife, lago y fronda; pero consultada la abuelita acerca de tales dudas, dijo con mucha fe que «en tiempo de los moros» aquel paraje se nombró La Corona, y era una hermosura de aguas corrientes, barquichuelos, árboles y flores...
Cuando se borraron a extramuros de Astorga aquellas tenues sonrisas de la vegetación, extendióse la carretera sobre la llanura sin accidentes ni perfiles, en un horizonte a cuyo fin remoto se cerraban entre nubes las sierras de la Cepeda y los puertos bravos de Manzanal, Foncebadón y el Teleno. Si a la vera de un puebluco estancado algún castro ondulaba, todo su vestido consistía en bajos matorrales y encinas bordes.
En este cuadro ascético se dibujó el relieve de las tres amazonas, largo rato, por la amplia carretera, y cuando ya tomaron otro rumbo al través de una calzada empedernida, la feniciente luz ablandó la dureza del paisaje, convirtiendo la línea fuerte y sobria en mancha rubia y dulce, en la cual se alejaron los senderos con misteriosa estela.
Quedó entonces piadosamente velada la aridez del camino, que al aventurarse tierra adentro en ingratos recodos, hubiese mostrado a Florinda más de cerca su desolación; la santa beatitud del anochecer quiso desceñir su velo romántico sobre la tristeza del erial: una muselina blanca y rota se arrastraba por el campo en jirones de niebla, y la serenidad del cielo, pálidamente azul, parecía remansar en la llanura con infinita mansedumbre.
Mariflor, cansada y soñolienta, aturdida por las emociones y los sentimientos, se dejó mecer, se dejó llevar entre aquellos cendales de sombras y de membranzas. El balanceo rítmico de la cabalgadura, algo semejante al de una embarcación en mar serena, y la plenitud del llano, sin orillas visibles, nubloso, insondable como un abismo, pusieron a la amazona en punto de soñar que iba embarcada hacia un quimérico país. Aquel vaivén de cuna, aquella ilusión de barco aventurero, tenían, para mayor halago, un cantar peregrino en el eco de dulcísimas frases lisonjeras que la moza guardaba en su corazón; de tan cordial tesoro iba ella urdiendo con diligente prisa futuros lances de amor y de felicidad, solemnes acontecimientos de bodas y placeres que parecían tener realización positiva y dichosa en la ardiente vida de una estrella, según lo que la niña se extasiaba, rostro al cielo, absorta y palpitante.
Desde el divino espacio cayó de pronto a tierra la evagación de Florinda, porque una voz había dicho: