—Ya llegamos...

Entre el encaje de las sombras, cada vez más espeso, se agazapaban, abocetados, desvaídos, barruntos de una aldea muy pobre, a juzgar por los umbrales. Y a Mariflor le acometió de súbito una triste cobardía, en la cual se mezclaban las inquietudes con inexplicable acidez; aquella zambullida brusca en otro pueblo, en otra casa, entre personas desconocidas, rompiendo definitivamente todos los vínculos de su vida anterior, daba frío y espanto a la muchacha; en un instante recordó con lucidez lastimosa la dicha que perdió al otro lado de la llanura maragata, y sintióse tan pequeña, tan incapaz y débil ante el enigma de su nuevo camino, que anheló no llegar a Valdecruces y quedarse para siempre mecida en aquel mar firme y silencioso, de tierras y de sombras.

Los dulcísimos ojos registraron el cielo con una mirada de angustia, pero ausente la luna veladora, esquivas las estrellas y pálido el celaje, el amplio dosel de la noche se mostró cerrado a la muda plegaria de la moza; hasta la estrellita ardiente donde ella prendió un momento antes la hoguera de sus ensueños, se había escondido, casquivana, detrás de un banco de nubes.

Y estaba allí el pueblo maragato, inmoble y yacente en la penumbra, como un difunto; y ya la recua se detenía delante de una sombra más alongada y grave que las del contorno.

Sonó el chirrido de una puerta, y dos mujeres avanzaron en un foco macilento de luz. Descabalgó Florinda, trémula y cobarde; sintióse agasajada por unos besos húmedos y fuertes, por unos brazos recios y acogedores. Ofrecían a la forastera este recibimiento cordial, Ramona, nuera y sobrina de la anciana, y Olaya, hija de aquélla, que con sus cuatro hermanos más pequeños constituyen hogar y familia cerca de la tía Dolores, protectora también de su nietecilla Mariflor.

Ya estaban reposando los niños, Marinela, Pedro, Carmen y Tomás; y mientras Olaya hacía los honores a su prima con más cariño que garbo, Ramona y las otras dos viajeras se afanaban en descargar el equipaje. Fué la tarea tan minuciosa, que ya la noche había crecido mucho cuando logró acostarse Mariflor, rendida y enervada.

A la luz vacilante del candil pudo la muchacha aprender que era su dormitorio el mejor de la casa, «el cuarto de respeto», donde solían posar los principales huéspedes; y al culminarse en el lecho altísimo y pomposo, oyó la voz humilde con que su prima la deseó buena noche, dejando la habitación oscura y cerrada, y advirtiendo:

—Madre y yo dormimos dambas aquí cerca; no pases cuidado.