Poco después sintió la muchacha crujir la corvadura de las vigas muy próximas a su cabeza; andaban pesadamente encima del aposento, hablando en voces cautelosas. Por debajo de aquel ruido perseguía a Mariflor entre penumbras de sueño y vislumbres de realidad, la expresión vaga y triste de un rostro ojizarco, que tan pronto era el de Terán como el de Olalla. De aquel semblante amigo no quedaron, al fin, más que los ojos delante de la moza; brillaban azules como las flores del aciano, como los ojos celtas de la maragata rubia, como los ojos pensativos del novelista viajero; una clara niebla, que fué espesándose, oscurecíalos poco a poco... ¿Era un velo de lágrimas?... ¿El cristal de unos lentes?... Mariflor se había dormido.

Después de un sueño largo y juvenil, Florinda despierta y escucha: escucha la soledad y el silencio, porque todo a su alrededor parece abandonado y mudo.

¿Qué hora será? Entra un rayo de sol por la ventanuca, tan alta y pequeña como la de un camarote; por allí se descubre un pedacito de cielo cuajado de luz. En la casa, grande y misteriosa, nadie pisa, nadie levanta la voz, ningún ruido se advierte, y fuera, en aquel espacio luminoso, abierto quizás al campo, a la calle o al corral, es la vida un secreto, sin duda, porque ni vuela un ave, ni canta un río, ni gime una carreta; los rumores aldeanos que Florinda conoce de otros pueblos, parecen extinguidos aquí. ¿Se habrá quedado ella sola en el mundo con el sol?

Pasea por el cuarto los bellos ojos dormilones, un poco ensombrecidos de vaga pesadumbre: mira su equipaje desparramado en confusión de cajas y de ropas, y encima del baúl, cruzado todavía de cordeles, sus arreos de maragata, desceñidos la víspera con laxitud de sueño y de cansancio. Se asoman los zapatos por debajo de la colcha, muy escandaloso el escote y algo arrugada la plantilla: parecen asustados, uno delante de otro, como si quisieran echar a correr; el bolsillo señoril, colgado del boliche de la cama, con la boca abierta, tiene un aire de expectación y de asombro, y la filigrana de corales, tendida al borde de un marco a la cabecera del lecho, corona la figura de una Virgen ancestral, bajo cuya traza primitiva dice, en letras muy grandes: Nuestra Señora la Blanca. Al volver los ojos hacia ella, hace Florinda maquinalmente la señal de la cruz. Luego prosigue su viaje curioso en torno al aposento: es reducido y bajo, con paredes combas, lamidas de cal, desnudo el tosco viguetaje del techo y pintado de amarillo, como la puerta y la ventana. Entre un recio arcón de interesante moldura y un mueble arcaico de alta cajonería, descuella el lecho, amplio y elevadísimo, duro de entrañas y abrumado de cobertores: luce colcha tejida a mano, floqueada, con muchos sobrepuestos, un poco macilenta de blancura, quizá por haber estado largo tiempo en desuso. Dos sillitas humildes parece que se agachan bajo la pesadumbre de los equipajes, y algunos clavos suben perdidos por las paredes, sosteniendo con negligencia varias cosas inútiles: un refajo roto, un cencerro mudo, una rosa mustia de papel... Ya no hay más utensilios ni más adornos en el nuevo camarín de Mariflor.

Ella busca, solícita, un espejo, un lavabo, una alfombra, cualquiera blanda señal de compostura y deleite, y como nada encuentra parecido a lo que necesita, vuelve la atención a los recuerdos de su llegada, confusos entre las emociones del viaje y la sorpresa de este peregrino amanecer.

Al cabo, como persiste en torno suyo un silencio de inmensidad, y el sol penetra al aposento por el angosto ventanillo, semejante a la lucera de un camarote, piensa la infeliz, acunada todavía en su memoria por el balanceo del mulo y las ilusiones de su navegación por la llanura, que su bajel ha encallado en una costa salvaje, en una playa desierta... Pero no: la mar gime, reza, escupe, solloza; tiene lágrimas y voces y suspiros; es pasión y hermosura, es inquietud y poder, es dolor y gozo. Y aquí, ¡ni un acento, ni una palpitación, ni un indicio de que la vida cunda y vibre como en las olas varias de la mar!...

Cuando empieza la niña a sentir ciertas ansiedades muy parecidas al miedo, un rumor oscuro, entre queja y gruñido, se percibe en la quietud silenciosa de la casa.

—¡Abuela!—grita Mariflor con espanto.

Nadie la responde.

—¡Abuela!—repite, loca de terror. Y luego, despavorida, prorrumpe: